martes, 17 de octubre de 2017

Episodios

El aire de octubre brilla mientras reunidas, brindan por el azar que las rodea: infinitos factores tuvieron que darse para que estuvieran aquí y ahora. Para empezar, el Origen del mundo, la explosión, la Palabra, el cosmos, la galaxia inmensa e imposible, los animales, el homo sapiens, alguna decisión voluntaria y algún que otro accidente más y entonces pum, Uruguay, la ruta, el paraíso, las estrellas, una cerveza y en ese momento de la historia, el brindis. Un tanto despojadas de la rutina, de las familias, de la Tierra Amada y habiendo olvidado sus obligaciones, trabajos, teléfonos, concentradas únicamente en pasarla bien y disfrutar, viven el momento perfecto creyéndose indestructibles, consagrándose una vez más como amigas, reforzando el vínculo y sellándolo de vuelta con plasticola para guardarlo en una cajita de oro. Los vasos fríos se chocan entre sí sobre una mesa cuadrada, alguna que otra lágrima hace fuerzas para no salir, y mientras tanto, dos neuronas se encuentran, buscan una sierra y rompen un hierro. Qué es la impunidad, al carajo con el esfuerzo, me cago en estas pendejas que vienen acá a pasarla bien. Vos revisás el cuarto del fondo, yo me llevo todo lo que encuentro en este y después vemos qué hacemos con los otros dos. ¡¡¡Boludo la alarma!!! Agarrá lo que encuentres y vamos. Pam pam pam pam pam pam pam dale, acá abajo hay algo, una valija, allá hay otra, ¿eso qué es? Creo que es una computadora o algo así, agarrala, dale. En frente hay otro cuarto. Pero no llegamos. Pero de ahí salían haciendo ese desfile pedorro mientras la otra las filmaba, por ahí hay algo. No, no pruebes que no hay tiempo. Acá encontré guita en la billetera roja. ¿Agarraste esas mochilas? Vamos. Subamos. Tras brindar, con luces de colores y pétalos de rosas que caían alrededor, recuerdan viejas historias, viejos cuentos, viejos viajes. Vuela una valija por el aire. Se ríen y comparten. Les desgarran un pedazo de intimidad. Podría haber sido peor, pensarán después. Podría haber sido mejor, dicen los villanos, una hora después, revisando todo, defraudados. Esa computadora tirala a la mierda, un fiasco el laburito de hoy. Feliz día de la madre vieja, mirá el vestido que te traje.

La noche sigue su curso y con ella, las ganas de gozar. Después de seis cervezas, Charles Chaplin y alguna que otra cosa más, vuelven radiantes. Cada momento supera el anterior, dicen en voz alta con el afán de no acostumbrarse. Date cuenta, es así. Confiadas y como pancho por su casa entran nomás riéndose, metiéndose poco a poco en la boca del lobo. Viendo sus teléfonos y charlando cada una va para su cuarto –una sube las escaleras (ayyyyyyyy) para tomar agua- cuando la del cuarto del fondo dice, con cierta duda y temor, “chicas nos robaron”. Qué ridiculez es esa, los cuartos eran un quilombo de ante mano. Pero esa duda se esfuma y entonces con 100 por ciento convicción, señala: Nos Ro Ba Ron. Y entonces, panic attack everywhere. La sedienta que segundos antes había subido las escaleras, conecta cables: frío en el living, ventanas abiertas, bidón en mano, la de abajo gritando que robaron… sus piernas inteligentes se arrastran como quien quiere la cosa, sin tropezarse, viendo y divisando cada metro para no resbalar. Su cabeza solo piensa una cosa: l a c o m p u t a d o r a. En cámara lenta, con el pelo al viento, el bidón de agua en mano, todo alrededor frena. Despacio, bien bien despacio, de a poco, primero una parte y después el resto, va pareciendo la cara verde, desesperada, lenta, gesticulando y emanando locura y un poco de miedo. Suena de fondo all the tired horses in the sun de Bob Dylan. Todas nos damos vuelta al mismo tiempo y la vemos, despacio, entrar al cuarto. Nadie entiende cómo no se cae. Lenta, la imagen continúa, fría, milimétrica, enfocándose en esa cara verde, un poco amarillenta a punto de caer al piso. Entra finalmente al cuarto, ahora vuelve todo al ritmo acelerado, pim pam pum, corrobora que estén las cosas, tiemblan sus piernas entonces y algo la mantiene de pie. Llamamos a las dos que siguen lejos de todo esto, que siguen brindando por ahí, ingenuas y felices, con pajaritos de colores y mariposas y pétalos de rosa. 911, Prosegur, una mente superior que organiza el operativo cómo–actuar–cuando–hay–un–robo– y en el medio de todo el quilombo, la niña del grupo llorando y queriendo escapar de la situación. Me quiero ir, dice la niña, me quiero ir, quiero ir al auto, quiero ir a un lugar con gente, quiero ir a un lugar con luz, me quiero ir. Pero entonces recuerda: no puede irse sin algo, cómo la había olvidado, shame on you!!! Ahora sí, querida mía, ahora sí, con mi toalla voy a donde sea, dice, con mi toalla. Agarra entonces sus pertenencias, se calza la mochila no robada, la toalla no robada, se lamenta por la billetera robada y los 3 mil pesos en tickets que tenía para rendir en la empresa de sus sueños, y se dispone a irse. Mientras tanto, los pollitos todos juntos, unidos y miedosos ven la escena del crimen: no se toca nada, no se pisa nada. Ropa por todos lados, valijas dadas vueltas, ventanas abiertas, y entonces, descubren el acto morboso: rompieron un barrote y entraron por esa ventana. Todas miran y todas tienen el mismo escalofrío. La cortina blanca vuela en la oscuridad que seguramente esconde al criminal (si es que con suerte no sigue adentro de la casa), la colcha de la cama arrebatada y la marca de las manos que la levantaron permanecen intactas. Y llegan entonces las otras: la cara negra de rímel y lágrimas, el pelo revuelto y un llanto desconsolado, resignado, ahogado. A tal punto la desilusión que sus ojos pierden el miedo. Llora y grita en la oscuridad del bosque –donde nuevamente, quizás se escondan los culpables de semejante desdicha y quienes quizás sigan con hambre de destrucción- y se empaca a llorar y a gritar que le robaron todo. Incredulidad y shock empapan a la otra que llega. Entra en un estado de trance al ver por primera vez en veinte años entran a la casa. Era en serio. Era cierto. Alguien entró. Alguien rompió una ventana y se metió. Se llevó sus cosas, su ropa. Se llevó todo. Todo se llevó. Le llevaron todo. Le robaron todo. Todo le robaron. Todo. Le robaron. Todo. Amex, Visa, billetera, ropa, todo. Todo. Todo. Le robaron todas las bombachas. Quién mierda es Zulma, no sé. Pero que se considere despedida. Econtré mi billetera!!! Grita la de los tickets para rendir, sonriente, reluciente, feliz, radiante, y no lo disimula ni un poco. Eso sí: los chorros tuvieron el tupé de desordenarle la valija y mezclarle lo sucio con lo limpio. Mierda.

Pero no todo está perdido: llega entonces un actor disfrazado de policía que finalmente y por primera vez en su larga carrera como comisario pudo lucir sus mejores dotes. Hagamos de cuenta que soy la CIA, pensó. Y fue recorriendo paso a paso la escena del trueque "ropa y plata a cambio de más libertad", sospechando de cada marca en la pared, de cada bombacha tirada, de cada vaso distribuido por la casa. No toquen nada, todo puede servir como prueba: de acá podemos sacar huellas digitales, de allá alguna prueba de saliva que nos ayude a encontrar al agresor. Mhm, interesante, interesante, y va midiendo con cautela cada paso que habrían dado los sospechosos unas horas atrás.

Que la plata va y viene, que podría haber sido peor, que gracias a Dios no hubo ninguna desgracia. Que de esto se sale y con las horas, la sensación asquerosa desaparece; que no hay nada que la amistad y el mar no curen, que cada momento supera al anterior, que es agotador e inquietante ser inmensamente feliz. Que da ganas de aprehender cada segundo, cada recuerdo, cada mirada y cada risa. Que el sol brilló largo y tendido, que el agua empapó y se llevó con ella toda amargura, que la historia y el cosmos se aliaron para que se conocieran, el azar y el Amor tuvieron algo que ver; y que el misterio late constante, adentro, pero en el intervalo entre la nada y lo otro, elegimos vivir con intensidad, sintiendo y vibrando con todo.


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