martes, 5 de noviembre de 2013

De vuelta vos, el ridículo

De vuelta sus estúpidas apariciones, de vuelta su estúpido encanto y sus palabras fastidiosas, insoportables, que prometen lo impensado, esas cosas con las que ella ya ni siquiera sueña, ni siquiera busca, mucho menos encuentra, y menos aún cree que algún día las va a encontrar. De vuelta su cara, pintada de maldad, amando el caos cuando no lo hay, queriendo algo más que solo eso que quiso siempre y añoró jamás. De vuelta su locura, sus genes que no saben lo que quieren pero que seducen hasta el agotamiento, borracho, ingenuo, por demás loco. De vuelta se desilusiona y esta vez se golpea el pecho, porque sabe que esta vez es distinta a las demás. Esta vez de todo el resto. Se separa del egocentrismo que lo rodeó siempre y lo sacude esa viveza de a ver, date cuenta, ya no da para más.

Porque esta vez como todas la lleva a escribir, y le molesta.

Porque esta vez como todas se promete no verlo más, y sonríe, sabiendo que no es posible. Que nunca lo será. Como quien no puede escaparse de su sombra, como quien no puede dejar las drogas. De vuelta, esta vez, como ninguna otra, necesita separarse de esto. Que como siempre, la envuelve.

Idiota la ilusión que los trajo a donde están hoy, estúpido el recelo de extrañarse cuando saben que no se quieren. No mucho, no tantísimo, ni siquiera un poco. Negadora nata, eso es lo que es. Tantos años le costó entender que le gustaba y tantos otros le costará entender que ya, hoy, no le gusta. Pues busca otra cosa, esa que hoy llama a su puerta y le dice “dale che, acá estoy. Dejá de perder el tiempo”.

Pero si tanto le costó reconocer que aquella historia eterna le importaba, cuánto va a tardar en aceptar que esa opción que hoy se le presenta es más que una mera opción. Más que una mera compañía. Más que un mero amigo, pues de amigo nada tiene. Le desespera no entender la situación y no entenderse a sí misma. Pero más le desespera no valorar eso que tanto parece querer, despreciar lo que abraza y que sus impulsos le ganen a sus sentimientos verdaderos. Esos que esconde y que siempre va a tener el miedo de mostrar, acoger y difícilmente, reconocer.

Date una oportunidad se dice a sí misma, pero no puede con la energía del momento. No puede con esa pasión que se presenta de repente y sin querer, como quien se aparece frente a eso que pensó que estaba olvidado, enterrado, como esos libros viejos que ya nadie mira, nadie ojea, nadie tantea… porque prefieren a unas tales indias blancas.

No sabe si alguna vez va a lograr hacerle frente a ese temor de enfrentarse a lo desconocido. Es buena, ella misma lo ve en sus ojos. Y sin embargo se presenta mala frente a la mirada de ese a quien quiere complacer. Pero las palabras lastiman y las personas raramente cambian. Casi nunca, de hecho. Entonces por qué confiar en alguien que a la larga, va a agarrar tu corazón y lo va a romper. Sin piedad, como solamente los malos saben hacerlo.

Por qué no, entonces, quedarse con aquél que sigue apareciendo. De vuelta y como siempre. Sin avisar y de manera efímera. El que avisa no traiciona, dicen. Por qué no aferrarse a lo seguro, al sentimiento de ese que nunca va a comprometerse y adentrarse en un camino peligroso, por ende, nunca va a lastimarla. No con profundidad, por lo menos. Que insólito, ríe con ironía, al pensar que esos son los lujos de hoy.


domingo, 29 de septiembre de 2013

Simulacro de una muerte - necrológica Bob Dylan

“Resting in the fields, far from the turbulent space, half asleep near the stars with a small dog licking your face”. Así describe Bob Dylan el Paraíso en Jokerman, esa canción que sigue enloqueciendo a sus intérpretes, pues todavía no entienden si es del diablo de quien habla, Dios, o él mismo. Pero en ella describe el Cielo, lugar en el que, se cree, descansa ahora en paz tras haber sido la voz de una generación entera.

El poeta que luchó contra la discriminación y el racismo, que criticó a los abusadores del poder y contó historias simples, murió ayer rodeado de sus familiares y amigos. Como habría de ser, lejos de los medios que desprecia, a quienes alejó siempre de su vida privada. Todo lo que cantó y lo poco que calló lo convirtió en el merecedor de la Medalla de la Libertad, símbolo de los mayores honores civiles de Estados Unidos, otorgada por Obama en el 2012. "Muchas de estas personas son mis héroes, cada uno de los que están sobre este escenario ha marcado mi vida de forma profunda", dijo el Presidente de los Estados Unidos durante el acto. 

Cuando todavía era Robert Zimmerman (su nombre original) y tenía 22 años, el joven de un pueblo perdido de Minnesota cantó junto a Martin Luther King en uno de los eventos más importantes del siglo xx, la Marcha por el derecho y la libertad. En 1997 acompañó a otro hombre de la paz, el Papa Juan Pablo II, que lo invitó a cantar en el festival de Bologna, organizado para atraer más fieles a la iglesia. Nació judío, pero se convirtió al cristianismo en 1979.

A la sociedad de los sesenta le faltaba juventud. Esa generación que buscaba una identidad propia y quería diferenciarse de los adultos encontró en Dylan un joven con mirada inocente, deseoso de justicia y verdad. La aparición de los hippies y la desaparición de los tabúes como el sexo, la vestimenta, las carreras tradicionales y los futuros laborales se ven reflejados en The times they are a-changing.

Siempre lo persiguió la eterna discusión: ¿Fue poeta? ¿Cantautor? ¿Músico? Algunos lo tildan de profeta. Nunca va a estar clara la esencia que le definió, que lo llevó a escribir tantos discos y cientos de canciones, incluso en sus últimos años, cuando seguía escribiendo y recorriendo el mundo haciendo la “Never ending tour”. Lo cierto es que las ocho nominaciones al Premio Nobel de la Literatura lo consagran como escritor. El Premio Príncipe de Asturias de las Artes en el 2007 y el Pulitzer en el 2008 y tantos otros Gammys, Globos de Oro, honores y condecoraciones, lo postulan como uno de los artistas más influyentes del siglo.

Desde su aparición, lo define su autenticidad. Siempre es él, con su cigarrillo, sus rulos, sus anteojos negros y ese look casual, simple. Siempre es él, callado frente a los periodistas, irónico en las conferencias de prensa, negado a entregar autógrafos a sus fans, seco, locuaz. Siempre es él, en cada canción, en cada ocasión. Nunca va a hacer sonar una melodía exactamente igual en dos oportunidades distintas. A los recitales solo va a cantar, no saluda al público y es puntual. Recibió la medalla da Obama en silencio y sin expresividad alguna. Porque así es él.  Un hombre de voz ronca y nasal que desacomodó en un principio, y fue escuchada después. Porque tenía que decir lo que nadie decía, y así fue.

En 1966 tocó por primera vez con guitarra eléctrica. El público acostumbrado a las canciones acústicas, lo criticó y le gritó “¡Judas!” mientras cantaba Like a rolling stone en la segunda mitad del concierto Live de Londres. “Mienten”, le contestó al público. “Toquen más fuerte”, le dijo a su banda.

No hay un ritmo que identifique al famoso autor de las “canciones de protesta”. Acompañado siempre de su armónica, tarareó el folk, cantó blues y gospel, rugió con el rock y bailó el swing. Inspirado por Woody Guthrie, Neil Young y Johnny Cash entre otros, él inspiró a Bono, Paul McArtney, Mick Jagger y Eric Clapton. Entre tantos otros más. En Argentina, sus influencias alcanzaron a Charly García, León Gieco, Andrés Calamaro, Fito Páez y el Indio Solari.

Sus canciones son temáticas, buscan la paz y la igualdad social. En su momento dijo que la única vez que le deseó la muerte a alguien fue en Masters of war, canción en la que se vislumbra un grito desesperado y una impotencia implacable frente a la muerte de tantos inocentes. Junto con A hard rain´s gonna fall y With God on our side, expresa mensajes antibélicos. En Hurricane describe cuando declaran culpable por triple homicidio a Rubin Carter, un boxeador inocente, condenado solamente por ser negro. En Only a pawn in their game y The lonesome death of Hattie Carroll, aborda la cuestión de la discriminación racial también. Jon Pareles, legendario crítico musical del New York Times, dice que "las canciones de Dylan se reacomodan continuamente a través de la historia y el tiempo, interpelando perpetuamente el momento presente". 

Muchas de sus letras siguen siendo indescifrables. Murieron con él los significados de dichos versos. Líricos, pero sobretodo sinceros. Vino a este mundo a cantar, pero sin quererlo y sin creerlo cambió muchas mentes, transformó muchas almas y le dio color y lágrimas a un mundo que tanto lo necesitaba. 

martes, 24 de septiembre de 2013

Saturada

Y la ilusión se destruyó, una vez más, como quien destruye un sueño al pasar, al bostezar, al espiar. Sin ni siquiera mirar. 

No es la traición lo que le duele, es el descaro. Haber desparramado tantas horas juntos y haberlas tirado ahí, sin ver que del otro lado había otro sufriendo, pensando en eso, que en otro mundo, tal vez, con otros códigos y un poco más de afecto, podría haber sido posible. Lindo, incluso. Pero para variar, no funciona así el amor. No funciona así la amistad. No era mucho pedir un gesto considerado, un poco de discreción al menos -ruega- por favor. Era lo mínimo que esperaba cuando las aguas nos rodeaban en ese atardecer que compartimos. Lejos de todo, y quién lo hubiera dicho, lejos ahí estabas también de vos mismo. De mí. 

 Es de vuelta la tristeza la que me lleva a escribir, pero los sentimientos exagerados son los que sacan las mejores palabras. Sádicamente te digo gracias por el gesto. Por haberlo hecho hoy y no mañana. Tu cara nos da bronca, y tus palabras solo aumentan esa sensación que me recuerda el estúpido delirio de haber pensado, alguna vez, allá atrás –ayer- que valorabas eso poco y majestuoso que construimos. 

Duele la incoherencia cuando decís que te importa algo que despreciaste, que valorás algo que desechaste. Manipulás lo vivido, de vuelta como todos, y sí, exagero, te culpo, te miro y no entiendo. Porque de este lado siento.

Lejos estás de haberme roto el corazón. Me rompiste la ilusión. Los gestos dicen más que las palabras, así que no hables en vano. No soy apocalíptica, solo soy mujer.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Andá a volar

La sensibilidad mueve montañas, hay quienes huelen colores y quienes escuchan sabores, animales que les dan vida al mundo y reyes que se nutren entre sí entendiendo el amor como algo para siempre. En el reino del amor, ahí viven.

Es una persona por demás sensible. En pos de esa hipótesis, se pregunta:

¿Cuánto tiempo hay que esperar para que su presencia sea una mera sombra más, en ese espectro de oscuridades que (ahora en primera persona) nos rodean? ¿Cuánto más hay que esperar para que tus manos sean eso, nada más que manos, y no esa morfología de dedos que me invitan a abrazarlos con los míos? ¿Cuánto más hay que esperar para que tus labios, tan llenos de vos y vacíos de nada no llamen ya al deseo y me exilien de mi vanidad insana? ¿Cuánto más hay que esperar que dejes de esperar y aparezcas? ¿Cuánto más? ¿Son acaso días, meses, años? ¿Se trata de décadas, siglos, o una eternidad? ¿Cuánto más hay que esperar que dejes de inspirarme, aunque no lo siento, menos aún me arrepiento? ¿Cuánto más hay que esperar que el sol te extrañe, la lluvia te seque y te saque de donde estás para que vuelvas a mí? El tiempo dirá, así dicen, pero el tiempo no dice nada. No ayer, no hoy, no mañana. Ni siquiera murmura. Porque si te cruzo, vaya a saber uno cuál va a ser mi reacción. Si te encuentro, y bendito sea el momento, me recordaría todo lo vivido, y aunque me duela, más me duele todo eso que no vivimos. No todavía, y no nunca.

Te digo adiós, aunque te sigo recordando con cada mañana. Te digo adiós porque aparentemente es lo que hay que hacer, aunque no quiera. Te digo adiós aunque no lo sienta. Aunque no lo quiera. Aunque no lo crea. Te digo adiós a pesar de que todo me dice “bienvenida”, a esta vida juntos, a este brebaje de estrellas, a esta canción nuestra, imposible, infinita. Bienvenida a este mar de sensaciones que nos invitan a dejar todo lo que nos ata a lo cotidiano, que quiere que seamos el “yo” nuestro mas dulce, sincero, ese que se suelta poco y nada. Únicamente en viajes. Casi siempre con amigas. Bienvenida a esta ruleta rusa de besos que no nos dimos y música que al día de hoy, me recuerda al ardor que me transmitieron tus ojos. En ese día cuando juntos nos hicimos uno, y siendo uno inventamos el amor.

Pero te digo adiós, para toda la vida, aunque toda la vida siga pensando en vos.

Por eso, si tienen que pasar este y mil veranos más, este y mil inviernos más, que pasen nomás. Mientras tanto, por favor no hagas del amor algo cínico y burlón. No arranques los corazones, no los despegues de la piel. Todos pueden desaparecer e irse lejos, bien lejos como quien bien busca la cosa.  No te des el lujo de lastimar que la vida es una, los amantes varios y los amores pocos.

La espera es larga, pero no es eterna. En el mientras tanto nos acompañan ellas, que nos invitan a conocer la variedad y bailar hasta con las palomas. Que ellas te acompañen. Volá con el viento como volamos todos, y ojalá que en ese cielo encuentres la pureza que escondés. Hay quien cree en vos, solo falta que vos creas más en vos mismo.


viernes, 23 de agosto de 2013

El campo nos delata

La evidencia de una casa colonial que alguna vez escondió los miedos de un prócer que le escapaba a la muerte, nos acoge hoy en este fin de semana no de lujo sino de majestuosidad empapada en placeres. Esa naturaleza -que una vez más- lejos está de defraudarnos, nos regala atardeceres celestiales y la eternidad de los pastizales nos invita a revolcarnos en el más allá. Las vacas paren y se cumple el mandato de Dios y la voluntad de los hombres. Procrean nomás, y el ciclo simplemente funciona, se aferra a la vida y se mueve por la fuerza de ese motor imponente del Creador.  

La madera que se realizó con los años se consume en el fuego. Albergó diversas generaciones de una misma familia y ahora, nuestros ojos se pierden en las llamas de un ardor que nunca volverá a ser el mismo. Y es que un hombre no puede bañarse dos veces en el mismo río, la leña tampoco puede quemarse dos veces en el mismo fuego.

La sensación imposible de que existe lo infinito se burla de nuestra capacidad para escaparnos del campo e irnos a la ciudad. El viento ahora es el que nos golpea la cara y nos olvidamos de esa vida que arrastramos allá, lejos de esta paz que hoy nos ennoblece, porque nos obliga a pensar en lo eterno, en nosotros mismos, en esa sed de compañía y soledad complementarias. Las pantallas no nos seducen –generalizo- y tenemos esta obligación implícita de separarnos de todo eso que nos facilita muchas cosas, sí, pero que nos separa de tantas otras.

El campo nos delata, revela nuestros más íntimos anhelos y nuestros más tristes pesares.

Hay otra energía, otras ganas, otras motivaciones para despertarnos con el verde, desayunar temprano y nutrirnos del aire libre, alimentarnos de la energía que nos transmiten los árboles, abrigarnos con el sol y claro, adentrarnos en la noche. Bailarla. Es entonces cuando la oscuridad nos baña con esa cuota mágica de silencio, en la que los románticos como yo soñamos con un amor lejano e imposible. Y el inconsciente se levanta para testificar en mi contra.

La generosidad de quienes nos reciben viste la estadía con sonrisas y hace que todos –yo, en exceso- seamos nosotros mismos. Un juego que no disimula quiénes somos realmente, nos descoloca. Algunos saltan y gritan desaforados, otros mantienen la calma y se toman el tiempo del mundo para desmantelar una palabra. Otros no entienden las señas que imitan a un oso, UN OSO, ¡¡¡UN OSO!!! y tantos otros más… perdón, me desvié del foco.

Disfrutamos comiendo, claro. Parrillas que convierten corderos en manjares y conversaciones eternas de amores falsos, no correspondidos, teorías de una generación que sufre, miles de hombres que -llevémoslo al extremo- ya no aman, le tienen miedo a la monogamia, mujeres que se conforman con poco y nada, el miedo a la soledad y el aborrecimiento de amores que desesperan. Y la falta de conciencia de que en realidad y no tan en el fondo, todos le tenemos un poco de miedo al amor.


Y volvemos. A la rutina que nos desgasta y mata una parte nuestra. Esa que corresponde a otro lugar, otros tiempos, otros paisajes. Esa que añora el mar, extraña el sur, busca la energía de esos espacios que rejuvenecen a quien los respire.  Pero que sigue latente y sigue viva, alimentándose de los escombros que quedaron de ese aire y encontrando ese encanto en los destellos de todos los días.  

domingo, 11 de agosto de 2013

Es una epifanía

Es una  epifanía. Tanto costó, tanto se preguntó y cuando menos lo esperó, llegó, le tocó las puertas de la razón y le atacó el corazón sin piedad. Entre haces de sombras y poca luz aparece ese destello que se muestra sin revelarse del todo, en una noche como cualquier otra en una semana de pasiones movilizadas y arrebatadas y un tanto avergonzadas. Sin saber bien por qué, sin captar en profundidad las razones de semejante desazón, sufriendo por algo que seguramente sería en vano, sabiendo que no se justifica pasarla mal cuando no tiene una, sino INFINITAS razones para sonreír. Y ahí está, buscándole la quin- la sexta pata al gato. Son estos momentos en los que agradece ser simple. Todos tenemos recaídas y planteos idiotas alguna vez. Pero que no se haga rutinario, pues conlleva a la miseria, y con ella, a la infelicidad.

Pero como buscadores natos de la Verdad nos alegramos cuando finalmente entendemos el porqué de una tristeza que parecía no tener fundamentos. En este caso se trata de esa inquietud que nos obliga a ponernos mal. Y es eso de tener tanto y hacer tan poco. Cuántos viven quejándose por cosas que parecieran sobrepasarnos, y esos quejosos están bañados en capacidades y aptitudes que puestos al servicio de los demás, hablaríamos de héroes. Pero se limitan a verlo todo desde afuera, sin ser a veces protagonistas de sus propias vidas, entendiendo la vida como ese estado en el cual nos preocupamos por nuestros bienes y nuestros amados. Y a penas duras, por el resto. Me incluyo.

 Se empieza por casa, sí. Pero hoy no me alcanza con amar solamente a los que me aman. Quiero amar más, concreta y fervientemente.

“A los que se les dio mucho, se les pedirá mucho más”. Los talentos se nos fueron dados para que los multipliquemos, los invirtamos en amor, vida, generosidad. Esa es la raíz de la desesperación que nos asecha, la culpa que nos carcome las sienes. Juntos es más fácil. Eso siempre. 
  
Todos somos distintos, y la riqueza de la diversidad se funda en que prestando nuestras manos al mundo y a todos aquellos que nos rodean –y tanto lo necesitan- armaríamos redes de pasiones; me gusta pensarlo como poemas hechos cuerpos, canciones materializadas en actos. Respiraríamos ilusión, seríamos ejemplos de la caridad, anhelaríamos humildad y amaríamos tanto que querríamos morir, constantemente, por amor y nada más.  

Por eso, no estemos tristes. Porque allí en nuestras raíces, están intrínsecas las razones que nos inquietan: querer ser más buenos y más flexibles y más amigos del amor. 

domingo, 4 de agosto de 2013

CaroLinda

Está más allá del bien y del mal. Más allá de lo establecido, de lo permitido, de lo que es modesto y lo que no. Porque esto ciertamente no lo es.

Es desaforado, y quién diría, loco. Como a todos, le llama lo prohibido, el NO se transforma en una necesidad humana implacable y básica de que le digan que sí. O al menos un tal vez. Pero ella es dramática y como diría Borges, asquerosamente sensible. Es una de esas personas que priorizan las pasiones, se dejan llevar por lo que sienten, lejos está de medir las consecuencias, no conoce sus límites y actúa por impulsos. Como actuaría un inocente, o un animal romántico. Y qué mejor.

Está cerca de las alegrías más grandes y roza las tristezas más insoportables. De no hacer lo que hace, no la lastimarían de forma semejante. Pero de no hacer lo que hace, se quedaría siempre con la duda devastadora de no saber qué hubiera sido de ella, de su vida, del amor que podría haber alcanzado y que por miedo, lo perdió.

Es rubia, sexy, precoz y si quiere, puede tener el mundo a sus pies. Porque para ella todo es una cuestión de actitud. El mundo la ve como se ve ella a sí misma: segura, única, con la personalidad suficiente como para plantarse frente a alguien y desnudar su alma, abrirse y quedarse ahí, a la intemperie, sin abrigo, sin paraguas, la tormenta la acosa y los vientos la revuelven, los rayos la lastiman y la lluvia la moja, pero no importa, porque habló, se animó, y lo más lindo de todo es que volvería a hacerlo. Hoy, mañana, y las veces que hagan falta.

Es ingenua y va a aprender del error. Nadie le explicó cómo funcionaba esto, no hay libros que le enseñen a uno cómo actuar frente a las adversidades, no hay películas que ilustren situaciones cotidianas y nos enseñen cómo decir lo que sentimos, hay infinitas canciones, pero ninguna nos cuenta cómo hacer para vencer al miedo, soportar el rechazo, seguir a pesar de los fracasos, levantarnos después de tropezar una, dos, o tres veces. Nadie nos dijo que nos iban a romper el corazón así. Y nadie, claro, nos dijo que éramos tan vulnerables. Indefensos. Víctimas de la desolación y rehenes de amores que nunca van a ser nuestros.

Y seguramente la vean con ojos raros, seguramente la cataloguen como una loca, sacada y de más. Porque no hace lo que hacen todos. Lo dejó todo por algo que ni siquiera ella sabía con certeza que lo quería.

Por ser distinta, la lastimaron. Por hacerle caso a sus sentidos, la razón le declaró la revancha y se le puso en contra. Por dejarlo todo, perdió mucho. Y sabe que el que no tiene nada, ya no tiene nada que perder. Así que eso poco que le queda, está dispuesta a volver a jugarlo. En otra ocasión, con alguien más, y quién diría, mejor.


Jugarlo, sí, pero esta vez, por alguien que lo valga.