jueves, 30 de agosto de 2018

ALLEN GINSBERG Y BOB DYLAN, INFLUENCIAS DE LA GENERACIÓN BEAT


Highway 61 Revisted cumple hoy 51 años desde su publicación. El álbum es un ícono, una síntesis de lo que estaba pasando en la década de los sesenta. Con el blues y la poesía, Dylan arranca la parte más salvaje de su carrera que incluyó temas como “Highway 61 Revisited”, “Like a Rolling Stone” y […]



Highway 61 Revisted cumple hoy 51 años desde su publicación. El álbum es un ícono, una síntesis de lo que estaba pasando en la década de los sesenta. Con el blues y la poesía, Dylan arranca la parte más salvaje de su carrera que incluyó temas como “Highway 61 Revisited”, “Like a Rolling Stone” y “Desolation Row”.
Durante años, los medios de comunicación hablaron acerca de su relación: que parecían padre e hijo, que eran como hermanos, que uno fue la musa, el predecesor, el origen de la inspiración de quien le siguió. Lo cierto es que fueron amigos que compartieron lo mismo: ambos tuvieron algo que decir, y como nadie lo estaba diciendo, lo escribieron. Lo cantaron. Allen Ginsberg y Bob Dylan, dos poetas, dos almas en la búsqueda de algo infinito, cruzaron sus carreras artísticas y se influenciaron mutuamente para convertirse en las voces de una generación entera, rebelde, sincera, beat.
Ginsberg nació en Newark en 1926 y quince años después nació Dylan en Minnesota, pero solamente cinco años separan la primera publicación de cada uno. El poema Howl, de Ginsberg, fue una de las tantas inspiraciones que llevó a Dylan a escribir y cantar. Movido por la prosa vulgar y majestuosa, Dylan se apoyó en la Generación Beat tanto como lo hizo en el rock, el blues y Woody Guthrie. “Me enamoré de la escena Beat, lo bohemio, de los Be Bop, estaba todo muy conectado”, dijo Dylan. “Fueron Jack Kerouac, Ginsberg, Corso, Ferlinghetti… me impactaron tanto como lo hizo Elvis Presley”.
“Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”. Así abre Ginsberg el mítico poema Howl, refiriéndose a Neal CassadyBurroughs y Kerouac, cuya obra que lo consagró fue On The Road. El relato autobiográfico que dibuja el oeste de Estados Unidos y parte de México, ruge con las mentes brillantes que lo alimentaron (en el libro aparecen Ginsberg, Cassady y Burroughs, cada uno con seudónimos) y describe las aventuras por la ruta 66, inundadas por la influencia de las drogas y del jazz: otra de las influencias de la canción “On the road again”, del álbum Bringing it All Back Home, de Bob Dylan.
Hay íconos eternos y retratos que sobrevivirán y serán siempre parte de la historia: la imagen de Dylan y Ginsberg visitando la tumba de Kerouac; las fotos de Ginsberg en la contratapa del álbum Bringing It All Back Home; su presencia en la escenografía del videoclip de “Subterranean Homesick Blues”, en el que Dylan escupe algunas de sus tantas verdades: “Don’t follow leaders / Watch the parkin meters”, “You don’t need a weather man to know which way the wind blows”; y Ginsberg en la legendaria conferencia de prensa de 1965 en San Francisco, donde Dylan, entre cigarrillos, cinismo y verdad, hizo historia.
El poeta lo acompañó arriba del escenario y juntos cantaron “This Land Is Your Land”. En 1971, motivado por Dylan, convirtió sus poemas en canciones, y diez años después, con nuevas grabaciones, sacaron un disco juntos: First Blues. Juntos protagonizaron la película escrita y dirigida por Dylan, Renaldo and Clara (1978), donde Ginsberg interpreta al padre de Ronaldo (Dylan). La ficción fantasea con ser realidad; las alucinaciones y los hechos son una misma cosa, Ginsberg es un mero actor y a su vez un guía, un ejemplo, un mentor.
Es que ambos brillaron de manera diferente en un contexto similar. Ambos desafiaron a lo establecido, al deber ser, a lo políticamente correcto. Ambos vieron la oscuridad, la tocaron, jugaron con ella, la sedujeron y la convirtieron en poema y canción: “The truth was obscure / Too profound and too pure / To live it you had to explode”, canta en “True Love Tends To Forget”, del álbum Street Legal. A Bob Dylan lo tildaron de músico, poeta y hasta de profeta. Fue investido Caballero de la Orden de las Artes y las Letras por el gobierno de Francia. Fue considerado una de las personas más influyentes del siglo XX por la revista Time. Fue nominado más de una vez para el Premio Nobel de Literatura y a lo largo de su vida recibió innumerables premios y condecoraciones –entre ellas la Medalla Presidencial de la Libertad del Presidente Barak Obama-. Pero la pequeña porción del mundo que verdaderamente lo entiende, sabe que fue un simple tipo –dotado, iluminado- que buscaba decir la Verdad.
You don’t necessarily have to write to be a poet. Some people work in gas stations and they’re poets. I don’t call myself a poet because I don’t like the word. I’m a trapeze artist”.


ADIOS: George Martin


Fue Brian Epstein quien los descubrió, pero George Martin los hizo ser lo que fueron. El productor de The Beatles falleció el 9 de marzo a los noventa años, y Vomb no podía hacer menos que homenajearlo reconociendo la influencia que tuvo en la historia de la música.

Trabajó en la BBC y a los 29 años ya era director de Parlophone, la productora que lo puso en contacto con “los chicos” (the boys), como él los llamaba. Desde el primer contacto con ellos en 1962 sintió el impacto y el potencial que tenían. La visión, esa cualidad de oro que tienen los productores, lo definió a Martin, que entre otras decisiones fundamentales sustituyó a Pete Best por Ringo Starr en la batería.

En la escuela de música de Ghildhall aprendió a tocar el oboe y el piano, y más adelante conocería a su secretaria Judy Lockhart-Smith, su futura esposa y madre de dos de sus cuatro hijos, Alexis y Gregory. Lejos de considerar a Los Beatles como una mera banda, los consideró una pandilla y colaboró con ellos como un mentor y padre, un auténtico conspirador que los descubrió y sacó lo mejor de ellos.

Cultivó la originalidad del grupo, editó sus canciones y produjo sus discos. Supo llevar a cabo el country, el jazz y el rock. Fue él quien le dijo a Lennon que agregara la armónica a “Love me do” y a McCartney que le agregara un acompañamiento de un cuarteto de cuerdas a “Yesterday”. Nunca reclamó derechos o créditos sobre esas u otras de sus tantas ideas porque nunca se reconoció como el artista, sino como el productor de la banda. A secas. 

Todos aprendieron del mentor y maestro, y todos le guardaron cariño. "Que Dios bendiga a George Martin, paz y amor para Judy y su familia", escribió Ringo Starr en su cuenta Twitter. Además, en el mensaje firmado por él y su mujer asegura que lo van a "extrañar". Es que aunque Martin compartió el afán de la técnica y la perseverancia con Paul McCartney, nunca tuvo ninguna preferencia. A todos los quiso por igual aun cuando ya no trabajaba con ellos.

Además de productor fue arreglista, compositor, director de orquesta e ingeniero de sonido. En su larga carrera trabajó con Matt Monto, Gerry & The Peacemakers, Billy J. Kramer & The Dakotas, The Fourmost, David and Jonathan, y The Action. Produjo “Candle In The Wind” de Elton John y dirigió la orquesta para la canción “Ticket to Heaven” en el último álbum de estudio de Dire Straits, On Every Street. 

El “quinto Beatle” cultivó la carrera de las bandas desde una perspectiva única: detrás de escena. Un auténtico colaborador, trabajó desde la humildad y el silencio. Sin embargo los frutos fueron grandes y el éxito, evidente. Lo despedimos con la cabeza y el corazón en alto, de la misma manera en que él se fue.  



FLEET FOXES Y FITZGERALD, UNIDOS POR UN CRACK UP


Hemingway en alguna oportunidad dijo: “We are all broken—that’s how the light gets in”.

Es común y frecuente asociar a los momentos de mayor inspiración con experiencias de dolor: que los artistas más lúcidos fueron depresivos, que las mentes brillantes no le encontraron sentido a la vida, que eran tipos solitarios, que los que escribieron los poemas que trascendieron por bellos nunca se enamoraron de verdad. O que se enamoraron de cada cosa que vieron y eso los destruyó. Que a cada alegría grande le corresponde luego una nostalgia insoportable. ¿Qué viene primero, el arte o la tristeza? ¿La novela o la angustia? ¿El derrumbe o la percepción de estar vivos?
Todo más bien inhumano e insuficiente, ¿verdad? Bueno, hijos míos, ése es el auténtico síntoma del desmoronamiento“. Scott Fitzgerald escribió “The Crack Up” cuatro años antes de morir, un ensayo que se publicó en Esquire en el año 1936. Pocas cosas lo complacían, no sabía qué rumbo debía tomar su vida. Ese ensayo es el que lee Robin Pecknold siete décadas después: el compositor principal de Fleet Foxes, que a los 27 años, luego de haber triunfado en el mundo indie con sus álbumes anteriores Fleet Foxes (2008) y Helplessness Blues(2011), se encontró en una situación parecida a la de Fitzgerald, quien hoy nacía hace 121 años.
Pecknold, conmovido por las palabras del escritor estadounidense, uno de los mejores del siglo XX, explica: “A veces mi respuesta emocional hacia la música, valida lo que hago. Otras veces pienso , ya se hizo todo. Debería dedicarme a la ciencia‘”. Acá entra el concepto de dualidadque describe Fitzgerald, que sostiene que la mente puede sostener dos ideas opuestas al mismo tiempo, y aun así funcionar.
Así nace el tercer álbum de estudio del grupo de Seattle bajo el título de Crack Up, inspirado -claro está- en el texto de Fitzgerald. Un álbum complejo, con finales abruptos y cambios rotundos en las melodías. En una misma canción parecería haber varios ritmos, yendo y viniendo de uno a otro, yuxtaponiéndolos, pegándolos entre sí. Quien escribe estas canciones es un Pecknold que encuentra nuevas cosas por las que preocuparse más allá de la música, un joven cansado, abrumado, derrumbado.
Hasta los 26 años su vida había sido para y por la música, luego empezó a preguntarse qué otras cosas quería hacer. “¿Por qué la música habría de traerle problemas a alguien? Es simplemente… sonido. El tema es todo lo que viene con ella, eso fue lo que me dio ganas de retirarme”. Hay un dejo de las palabras de Pink Floyd y suena entre líneas -es inevitable la asociación- “Have a cigar”. Fue entonces que se retiró de la música (desde el año 2011 hasta el 2017 Fleet Foxes desapareció de la escena) y empezó a estudiar en la Universidad de Columbia, donde descubrió el ensayo que le devolvió algo que había perdido. O algo que no sabía siquiera que había perdido. Algo que no buscaba y encontró; como una luz blanca que ya no está al final del camino sino que camina con él, guiándolo con astucia y paciencia hacia el fondo del túnel.
“En el mismo mes llegaron a molestarme cosas tales como el sonido de la radio, los anuncios de las revistas, el chirrido de las vías férreas, el muerto silencio del campo —sentía desprecio ante la blandura humana, y de inmediato (si bien secretamente) hostilidad hacia el esfuerzo—, odiando la noche en la que no podía dormir y odiando el día porque se encaminaba hacia la noche”. Las palabras de Fitzgerald -el mismo que años antes habría de escribir The Great Gatsby y Tender is the night, denotan el desamparo y la desesperación que lo abrumaba. Quien se escuche a sí mismo podrá identificarse con estas palabras que vibran y tienen vida en sí mismas.
Todos estamos rotos por dentro, por fuera, por donde se nos mire. Todos somos platos rotos expuestos en vitrinas, vueltos a pegar, con piezas abarrotadas y superpuestas unas contra otras. Pecknold superó el derrumbamiento. O supo manejar las emociones que venían con él, eligiendo volver a tocar y sentir la vitalidad que todavía conserva para hacer música. Dicen que Fitzgerald no fue lo suficientemente ¿fuerte? ¿valiente? como para superar semejante abatimiento. Pero quién sabe, quizás, después de todo, solo queda una opción: darse por vencidos.
“ONCE I HAD HAD A HEART BUT THAT WAS ABOUT ALL I WAS SURE OF”, The Crack Up, Scott Fitzgerald ; 1636.


Dylan: poeta, cantautor y Nobel


Que no se va a presentar en Estocolmo para recibir el Premio Nobel que ganó, que no contesta los llamados de las autoridades de la Academia, que es un personaje escéptico que es capaz de no reconocerse ganador, que va a rechazar la distinción; que va a ir, lo va a recibir con sus anteojos negros –tal como recibió la condecoración del honor entregada por Obama- y tal como llegó, va a retirarse y seguir haciendo lo que hace: llevar sus canciones a todos los rincones del mundo en su Never Ending Tour.

Que el Nobel de la literatura no debería ganarlo un músico, que sus canciones no son meramente leídas, son escuchadas -y las melodías las completan, por eso es más que literatura-, que para el caso había otros músicos que deberían haberlo ganado, que no se lo puede comparar con otros poetas o novelistas; o sí, que Dylan es un poeta que además, canta. “No me considero un poeta porque no me gusta la palabra. Soy un artista del trapecio”, dijo en una ocasión. Que solamente con la frase “Se necesita mucho para reír, se necesita un tren para llorar” era digno del Nobel y que escribió las canciones de amor más lindas de la historia.

El Nobel de Literatura este año generó polémica porque hizo que la gente saliera de sus esquemas y estructuras, mismo efecto que tuvo Dylan en las personas, siempre. “Judas” le gritaron cuando cambió la guitarra acústica por la eléctrica, el folk por el rock. “Toquen más fuerte”, le dijo Dylan a su banda frente a las quejas del público. “¿Para qué querés mi firma, para qué te sirve? ¿Qué vas a hacer con ella?”, le pregunta Dylan a una joven que le pide su autógrafo a la salida de un recital. “La verdad nunca la miré tanto”, dice cuando en 1965, un periodista le pregunta acerca de la tapa –y su significado- de uno de sus discos más eléctricos, Highway 61 Revisted.

No solamente fue la voz de una generación entera, fue también la morfina para el dolor de una sociedad, aquél que clamó por la paz, que defendió los derechos de las personas de color, que rugió en contra de las guerras y maldijo a los que hacen las armas (en “Masters of War” no pudo no evitar desearles la muerte). Uno escucha sus canciones y asiente con cada palabra, pero genera algo contraproducente: el oyente siente alivio por escuchar lo que él mismo quiere decir, y al mismo tiempo se enoja y angustia por escuchar la verdad, cómo la gente mata sin pudor, cómo los jueces hacen la vista gorda y no condenan a los asesinos.

“Y le otorgó con fuerza, por culpa y arrepentimiento / a William Zanzinger una pena de 6 meses”, dice tras ironizar con la ley en “The lonesome death of Hattie Carroll”. Lo mismo ocurre con “Hurricane” y “Only a pawn in their game”, canción que cantó tras el discurso de I have a dream de Martin Luther King.

El autor que escribió “Blowin in the wind” en diez minutos, no se reconoce un melodista, ni siquiera se reconoce poeta. Proclama que escribe sus canciones inspirado en viejas melodías, en las canciones de los Carter, en los salmos, en las canciones protestantes, en el folk más antiguo de la historia. Él, que en un principio quiso cantar las canciones de Woody Guthrie, viajó a de Minnesota a Nueva York y se refugió en las paredes del bar Wha? para cantar sus propios temas y empezar lo que nunca habrá de terminar.
Romántico, desafiante, audaz, sincero, Dylan nunca dio explicaciones de su vida privada. En su novela Chronicles deja bien en claro que jamás se interesó por los datos personales del resto ni por dar a conocer los suyos. Simplemente quería hacer música, conocer a gente decente y entablar así relación con ellos. Por eso el premio Nobel se limita a reconocer la trayectoria de sus canciones, la evidencia, la huella que dejó: cada línea que escribió Bob Dylan es digna de ser enmarcada. No habla en vano, no canta por cantar. Dice verdades, recita poemas, le habla a los que menos quieren escuchar, a los ricos, a los pobres, a los que pagan por escucharlo, a los asesinos y a las víctimas, a las familias, a los senadores, a los gobiernos, a jóvenes y viejos, a sí mismo, a Dios y al diablo (en “Jokerman” precisamente no se sabe siquiera de quién habla). Con sus canciones, dibuja. En “Desolation Row” describe con imágenes la ruta de la desolación, “Einstein disfrazado de Robin Hood” y otras imágenes que quien escucha la canción, inevitablemente las ve.
“The times they are a-changin” y “A hard´s rain is gonna fall”, son canciones que predijeron el futuro, los cambios por los que atravesaba la sociedad. Lo tildaron de profeta, más aún cuando a los 33 años se convirtió al cristianismo y sacó sus tres discos inéditos: Slow Train Coming (1979), Saved (1980) y Shot of Love (1981).

El Dylan inocente de los primeros años se fue convirtiendo en un Dylan enojado y sin miedo de decir la verdad. Interesado por la actualidad mundial y nacional –hay varias imágenes que lo muestran leyendo los diarios- y lector de poetas como Ginsberg y Rimbaud, nunca dejó de componer. Vive en el presente: “No quiero hacerme nostálgico ni narcisista como escritor ni como persona. Yo creo que la gente que tiene éxito no habita en el pasado”, dijo en una entrevista con el diario El Pais.

Bob Dylan –o el fantasma que escribió sus canciones, como una vez explicó- es digno del Nobel. Su obra está a la altura del premio, y si no, deténganse en algún pedazo de su obra, algún pedazo de canción. Y aunque el éxito lo toma con cinismo, de alguna manera, nos lo pre-avisó: "No hay mayor éxito que el fracaso y el fracaso no es un éxito en absoluto", de Love Minus Zero/No Limit, de 1965.

WILLIAM S BURROUGHS Y SU ENCUENTRO CON IAN CURTIS


La Generación Beat, ese grupo de escritores de Estados Unidos que le dieron forma a la cultura que vino con la Segunda Guerra Mundial, tuvo sus influencias en la música. 19 años nos separan de la muerte de William S Burroughs, uno de los principales autores de esta época, inspiración para estrellas comoIan Curtis, David Bowie, Patti Smith y Kurt Cobain. Cuenta la leyenda que el cantante de Joy Division tuvo la oportunidad de conocerlo. El encuentro no salió como el británico lo esperaba.

En septiembre de 1956, en una de sus cartas a Allen Ginsberg (otro escritor de la misma generación, amigo y amante), Burroughs habla del suicidio en general: “El joven inglés estaba hablando del suicidio, de la vida como algo que no vale la pena vivir. Esto me pareció increíble, yo siento que debo ser muy feliz. Tengo una especie de revelación, pero no puedo ponerla en palabras”. A veces la historia juega con las casualidades y los artistas se adelantan en el tiempo, porque ese “joven inglés” bien podría haberse tratado de Curtis, con quien se encontraría 23 años después, en 1979 en un recital en Bruselas, en un centro de arte que guardó un espacio para las bandas (entre ellas Joy Division) y terminó con la lectura de leyendas del movimiento beat como Burroughs y Brion Gysin. Convencido de recibir algún que otro halago, Curtis se acercó a Burroughs, que lo confundió con alguien más del público y le dijo que se fuera: “He told him to fuck off”, contó en su momento Stephen Morris, baterista de la banda.
Jack Kerouac describe a William S. Burroughs en su novela épica On the Road bajo el seudónimo de Old Bull Lee. Burroughs, a su vez, habla de sí mismo en Yonqui (1973), donde se apoda Bill Lee. Sus libros autobiográficos, inundados de escepticismo, surrealismo y sátira, revelan su adicción a las drogas. Sus admiradores -Ian Curtis, David Bowie, Patti Smith y Kurt Cobain- imitaron su forma de escribir y aplicaron a sus letras la técnica del cut-up: cortar textos al azar para generar nuevos contenidos.
Las letras de Joy Division son lo que se considera oscuras, pesadas, quizás un reflejo del alma de quien las escribió, como lo es toda obra de un artista. “Para mi Joy Division era acerca de la muerte de mi comunidad y de mi infancia. Era completamente irrecuperable”, dijo Bernard Sumner, guitarrista y tecladista del grupo. Burroughs solía decir que “el lenguaje es un virus” y creía fervientemente que esa enfermedad había afectado la mente y cuerpo de todos los hombres. En su caso, fue su único medio de salvación: escribir, escribir, escribir. Tal vez no fue el caso de Ian Curtis, que la oscuridad pudo más, aunque su legado haya quedado para salvar a otros: inundado de arte y música. Fue admirador de Franz KafkaJ. G. Ballard, estudioso de Sastre, un obsesionado del nazismo, un soñador y miedoso del divorcio, tema que lo llevó a escribir “Love Will Tear us Apart”, frase que aparece en su lápida. Un sensible, un escritor, un poeta. “En vivo, nos manejábamos visualmente viendo a Ian bailar”, dijo Sumner.
No todos los finales son felices: las adicciones de Ian Curtis, sus problemas de salud, la depresión y epilepsia que no le permitió terminar sus últimos recitales –como teloneros de los The Stranglers, perdió el control, tiró la batería y tres días después intentó suicidarse con una sobredosis de fenobarbital- llevaron a que el poeta de Manchester se suicidara en la cocina de su casa, con una soga para colgar la ropa. Puso el disco The Idiot de Iggy Pop, le escribió una carta a su mujer y decidió terminar con tanto sufrimiento de la manera más trágica y triste. Se fue muy temprano, con solo 23 años. “El suicidio nunca es bueno. Es una maniobra cobarde, Oh hermanos”, escribió Burroughs.
Fiel admirador de Lou Reed, Curtis fue comparado con Jim Morrison. En Touching from a distance, Deborah Curtis plasma la vida de Ian. El título del libro es una frase presente en una de sus principales canciones, “Transmission”. Curtis utilizaba los libros para calmar o potenciar sus cambios de humor. “Todo el tema estaba culminando en una obsesión mental y física”, cuenta su mujer: Creo que todos esos libros le alimentaron su costado más triste”.


TOM WAITS, BAJO LA INFLUENCIA DE CHARLES BUKOWSKI


Mantente alerta / hay salidas / hay una luz en algún lugar / puede que no sea mucha luz pero / vence a la oscuridad. La voz ronca de Tom Waits recita el poema de Charles Bukowski“The Laughing Heart”

Palabras que lo inspirarían a escribir sus propias canciones ásperas, que gracias a la experimentación con diversos instrumentos, deambularon por más de un estilo musical: el blues, el jazz, el vodevil. El músico, compositor de bandas sonoras y actor, edificó su obra inspirándose en sus maestros: Bob DylanJack KerouacLouis Armstrong y el –hoy agasajado- Henry Charles Bukowski, quien afirma en una de sus novelas, “hubo un poco de música; la vida parecía entonces un poco más agradable, mejor”.
Símbolo del “realismo sucio” –porque a través de sus ojos la vida era sucia, oscura, cínica- Charles Bukowski cesó de existir hace ya 23 años, abandonó la vida –para él sinónimo de problemas- para empezar a respirar en paz. Poeta, escritor, inspiración para tantos otros que vendrán, y con frecuencia asociado (por error) a los autores de la generación beat, Bukowski le dejó letras al mundo que por verdaderas, se arraigan a la tierra, a todos aquellos que no temen ver la realidad tal cual es, por más lúgubre y deprimente que ésta sea.
Bukowski dibuja el sentido de la vida –o la falta del mismo- en situaciones cotidianas, conversaciones con extraños, momentos insólitos de la vida de cualquier hombre. En conversaciones telefónicas con una prostituta, en una discusión con un barman, en el empeño que pone un detective buscando algo que no existe, en el vínculo entre un alumno y una profesora, en una caminata con el chico más lastimado del colegio, en los golpes de un padre a un hijo, en el silencio de su madre, en un encuentro sexual. O en frases que deambulan entre el humor y la tragedia: “No era mi día. Ni mi semana, ni mi mes, ni mi año. Ni mi vida”.
Nacido en Alemania pero criado en Los Angeles (ciudad en donde Tom Waits empezó a tocar tras servir en la Guardia Costera de Estados Unidos), Bukowski trabajó en una oficina de correo y comenzó a escribir para diversas revistas y diarios de la zona. A los 49 años, recibió una propuesta: “Tengo dos opciones, permanecer en la oficina de correos y volverme loco… o quedarme fuera y jugar a ser escritor y morirme de hambre. He decidido morir de hambre”. Nada es en vano.
Las críticas negativas lo acusaron de exhibicionista literario, pero hoy es considerado uno de los autores más influyentes y una de las luces más brillantes de la literatura independiente. La auto-referencia es uno de los recursos más utilizados en su obra (junto con la aspereza, el descaro y todas esas cosas oscuras). Henry Chinaski, su alter ego, es el protagonista de las novelas Post Office –en español Cartero, oficio que el mismo Bukowski ocupó-, Ham on Rye –en español La Senda del Perdedor, novela que se identificó con el clásico de Salinger, A Catcher in the Rye, y que retrata sin compasión su infancia y su adolescencia, escupe burlas al trabajo, a la política y a tantas otras causas perdidas-, HollywoodFactotum y Women.
Por otro lado, Small Change, el cuarto álbum de Waits publicado en 1976, es el reflejo de lo que bien podría haber sido una novela de Bukowski: en sus canciones recita un estilo de vida pesimista, deprimente, cínico, sin dejar de lado el humor y la ironía. Canciones como “The Piano Has Been Drinking (Not Me) (An Evening with Pete King)” y “Bad Liver and a Broken Heart (In Lowell)”, hablan del alcoholismo y la desolación que sufría, condición que repercutió física y mentalmente en él. “Estuve enfermo todo ese periodo”, cuenta Waits. “Estuve viajando mucho, viviendo en hoteles, comiendo mala comida, bebiendo mucho… demasiado. Hay un estilo de vida que está antes de que tú llegues y te introducen en él. Es inevitable”.
Ambos artistas encontraron en el alcohol un escape, una vía para no sentir, para evitar por un rato la tragedia de estar vivos. La obra de Bukowski rechaza el sentido de las cosas y él mismo admite que no le gusta la gente: “Me gusto yo mismo”, dice, “hay algo mal en mí. No sé lo que es, pero no voy a tratar de curarlo”. Si eso que tenía –o eso que le faltaba- fue la causa de la magnitud de su obra, nunca se sabrá. Lo cierto es que no hay mal que por bien no venga. Que descanse en paz ahora, porque la espera insoportable de la que habla en Pulp, su última obra publicada en 1994 justo antes de su muerte, para Bukowski ya acabó.
Esperamos y esperamos. Todos. ¿No sabría el psiquiatra que esperar es una de las cosas que vuelve loca a la gente? La gente espera toda su vida. Esperan vivir, esperan morir. Esperan en la cola para comprar papel higiénico. Esperan en la cola para recibir dinero. Y si no tienes dinero, esperas en colas más largas. Esperas para dormirte y esperas para despertarte. Esperas para casarte y esperas para divorciarte. Esperas que llueva, esperas que deje de llover. Esperas para comer y esperas para volver a comer. Esperas en la consulta del loquero con un montón de anormales y te preguntas si serás uno de ellos”.
Pulp, 1994.


EL REFLEJO DE BORGES EN EL ROCK: SU ENCUENTRO CON MICK JAGGER Y LA LOCURA POR PINK FLOYD


En ese punto algo imprevisible ocurrió. Desde un rincón el viejo gaucho estático le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. ‘No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas’, pensó. Y sintió dos cosas”, lee Mick Jagger – o Turner, el personaje que enfunda en la película Performance (1970)– con un inglés inconfundible, limpio, modulando cada frase y haciendo énfasis en cada sílaba. Es que al hablar está citando el final de “El Sur” de Jorge Luis Borges.
El pasaje que lee Jagger en la película dirigida por Donald Cammell Nicolas Roeg es solamente una de las intertextualidades presentes en el film. Toda la historia, sumida en imágenes psicodélicas de sexo, droga, violencia y música, es una referencia a la ironía, la cuestión del existencialismo y la incapacidad que tiene el ser humano de enfrentarse a la realidad; elementos que se repiten en los libros y cuentos de Borges. “Nada es verdadero, todo está permitido”, dice Jagger en la película. Frase que bien podría sintetizar la colección de Ficciones.
A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos [“El Sur”]: cuando en Performance Chas (James Fox) le dispara a Turner (Mick Jagger), aparece la imagen del escritor argentino junto a un espejo que se rompe. Esto está estrechamente vinculado a la muerte del director Donald Cammell: su mujer -China Cammel, colaboradora de sus trabajos- cuenta que, tras suicidarse de un tiro, el dramático escocés (perseguido por la muerte y el suicidio hacía ya muchos años) agonizó durante 45 minutos. Fue entonces cuando le pidió a su mujer que le alcanzase un espejo y al verse reflejado, le preguntó: “¿Lo ves a Borges?”
La película predijo lo que el destino quizás ya había escrito, pues el mito cuenta que Jagger y Borges se encontraron años después en el lobby de un hotel en Madrid. Los astros se habrían alineado y entonces, lo imprevisible habría ocurrido:
 
—Maestro, yo lo admiro, yo he leído toda su obra —le dijo Mick Jagger arrodillándose y tomándole la mano al reconocer al ya ciego Jorge Luis Borges.
— ¿Quién es usted señor?
—Mick Jagger —contestó el joven.
—Ahhh —dijo con asombro, e inclinándose hacia atrás agregó—: El cantante de los Rolling Stones.
El músico casi cae desmayado y pregunta:
—Pero maestro, ¿usted sabe quién soy?
—Claro, yo conozco casi toda su obra —respondió.
 
Cuando se filmó The Wall fuimos a verla tantas veces que Borges se sabía las letras de memoria”, cuenta Maria Kodama -exalumna y mujer- en una entrevista de canal encuentro. “En lugar de ponerle happy birthday para su cumpleaños, él quería que le pusiéramos The Wall de Pink Floyd”, agrega la escritora.
Los cuentos de Borges y las letras de Pink Floyd desafían al absurdo, a la realidad. El arte permite lo que por naturaleza, la razón rechaza. ¿Pero qué es la razón? En “El Sur”, ¿los hechos suceden en el hospital, donde Dahlmann está expuesto a tratamientos dolorosos e insoportables, donde se odia a sí mismo y odia a todos? ¿O transcurre en el Sur, donde tiene el casco de una estancia, heredado de su abuelo materno, aquel Francisco Flores -del 2 de infantería de línea- donde la habría gustado vivir y morir?
La historia congelará estas preguntas y Jorge Luis Borges siempre existirá junto a sus paseos por la ciudad. Buenos Aires la fría, la dulce, la suave, la romántica, tanguera, poeta. Los personajes viven, las historias caminan y su legado permanecerá intacto, inmóvil, quieto. “La única actuación que lo logra, que verdaderamente lo logra, es aquella que alcanza la locura”, dice Mick Jagger en Performance. La obra de Borges no solo la alcanzó, más bien la consumó, la hizo propia, la hizo suya.